Ότι δεν με σκοτώνει με κάνει πιο δυνατό


sábado, 1 de junio de 2013

El nacimiento de Afrodita





William Adolphe Bouguereau
La Naissance de Vénus, 1879



Hoy navegamos por las aguas del mar griego para ser testigos del nacimiento de una diosa, Afrodita.  Resulta muy estimulante comprobar una vez más que el mito vive, pervive, se recrea una y otra vez.

¿Quién no ha visto, leído o escuchado hablar de esta diosa del amor y la belleza femenina que los romanos dieron  en llamar Venus?

A pesar de ser tan conocida el relato de su nacimiento es uno de los que suele provocar reacciones más sorprendentes. Ver esa mezcla de asombro, fascinación, incredulidad no  exenta de cierta alegría que provoca la narración de la creación del cosmos según Hesíodo no tiene precio. Y es que la Teogonía de este autor griego es nuestro referente a la hora de explicar el origen de los dioses, por supuesto Afrodita entre ellos. Motivo aparte es intentar que se entienda el concepto de mito tal como parece lo sentían los antiguos griegos tan alejado del nuestro.

Comenzamos dando un breve repaso al relato del poeta: Al principio solo existía el Caos, de donde  surgen tres generaciones de dioses que justifican y sustentan el intento de explicar algo difícil de entender como es la evolución de ese Caos inicial hasta llegar al Cosmos u Orden Universal. De las tres generaciones citadas la última está formada por los Dioses del Olimpo.

Cuenta Hesíodo que del Caos surge Gea (la Tierra), quien por sí misma engendra a Urano (el Cielo) que se convertirá en su esposo. Crea también en solitario a las grandes Montañas (dichosas morada de dioses) y al Ponto (el mar) que cubrirá los huecos de la Tierra.

De la unión de Gea y Urano nacen los Titanes y los Cíclopes pero su padre temeroso de que le arrebataran el poder les obliga a permanecer dentro del vientre de Gea. Ella cansada de tanto sufrimiento alienta al Titán más joven, su hijo Crono, para que termine con la vida del progenitor. Madre e hijo mediante un ardid consiguen engañar a Urano, momento en el que Crono portando en su mano la hoz de dorado acero que ella le había dado, corta los genitales a su padre arrojándolos al mar. La sangre que brota de Urano engendra en Gea a los Gigantes y a las Furias; mientras los genitales en contacto con las aguas dan vida a la diosa Afrodita, la nacida de la espuma del mar.

Así nos transmite Hesíodo el momento en el que aparece la hermosa diosa,


Μήδεα δ᾽ ὡς τὸ πρῶτον ἀποτμήξας ἀδάμαντι
κάββαλ᾽ ἀπ᾽ ἠπείροιο πολυκλύστῳ ἐνὶ πόντῳ,
ὣς φέρετ᾽ ἂμ πέλαγος πουλὺν χρόνον, ἀμφὶ δὲ λευκὸς
ἀφρὸς ἀπ᾽ ἀθανάτου χροὸς ὤρνυτο· τῷ δ᾽ ἔνι κούρη
ἐθρέφθη· πρῶτον δὲ Κυθήροισιν ζαθέοισιν
ἔπλητ᾽, ἔνθεν ἔπειτα περίῤῥυτον ἵκετο Κύπρον.
Ἐκ δ᾽ ἔβη αἰδοίη καλὴ θεός, ἀμφὶ δὲ ποίη
ποσσὶν ὕπο ῥαδινοῖσιν ἀέξετο· τὴν δ᾽ Ἀφροδίτην 
       
[ἀφρογενέα τε θεὰν καὶ ἐυστέφανον Κυθέρειαν]
κικλῄσκουσι θεοί τε καὶ ἀνέρες, οὕνεκ᾽ ἐν ἀφρῷ
θρέφθη· ἀτὰρ Κυθέρειαν, ὅτι προσέκυρσε Κυθήροις·
[Κυπρογενέα δ᾽, ὅτι γέντο πολυκλύστῳ ἐνὶ Κύπρῳ·
ἠδὲ φιλομμηδέα, ὅτι μηδέων ἐξεφαάνθη.] 
       
Τῇ δ᾽ Ἔρος ὡμάρτησε καὶ Ἵμερος ἕσπετο καλὸς
γεινομένῃ τὰ πρῶτα θεῶν τ᾽ ἐς φῦλον ἰούσῃ.
Ταύτην δ᾽ ἐξ ἀρχῆς τιμὴν ἔχει ἠδὲ λέλογχε
μοῖραν ἐν ἀνθρώποισι καὶ ἀθανάτοισι θεοῖσι,
Παρθενίους τ᾽ ὀάρους μειδήματά τ᾽ ἐξαπάτας τε 
       

τέρψιν τε γλυκερὴν φιλότητά τε μειλιχίην τε.



En cuanto a los genitales, desde el mismo instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso ponto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella. Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió después a Chipre rodeada de corrientes. Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita la llaman los dioses y hombres, porque nació en medio de la espuma, y también Citerea, porque se dirigió a Citera. Ciprogénea, porque nació en Chipre de muchas olas, y Filomedea, porque surgió de los genitales. La acompañó Eros y la siguió el bello Hímero al principio cuando nació, y luego en su marcha hacia la tribu de los dioses. Y estas atribuciones posee desde el principio y ha recibido como lote entre los hombres y dioses inmortales: las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura.


Singular e intensa esta imagen de Afrodita surgiendo de la espuma del mar, sin duda de una gran belleza.

Al recrear en nuestra mente este  momento surge de forma inevitable  un espacio de agua, olas, espuma, nácar…  bañado en blanco y azul, símbolos de la pureza al tiempo que la fuerza y la pasión con la que el amor nos asalta, todo un cúmulo de emociones y sentimientos… 

Qué fácil nos resulta entender la huella que ha dejado en el mundo de las artes: cada quien lo sentirá e interpretará  según su propio ideario vital y artístico.

Son abundantes y variadas las pinturas que recogen el momento concreto del nacimiento de esta diosa. He pensado que estaría bien mostrar alguna de ellas, especialmente las realizadas en el siglo XIX.  Irán acompañadas de  poemas escritos en su mayoría por poetas españoles de la llamada Generación del 27 que han tenido en la diosa del amor una aliada inmejorable.



Pelagio Palagi, c.1830

  
Todo el mar
es griego.
En los mares más raros
aún quedan Venus
que van sobre sus conchas
como espectros.
Del mar surge la forma
y el pensamiento,
la sangre, la sal y el viento
eterno.
Las tierras son como algas
sobre su lomo inmenso,
monstruos parásitos
sobre el enorme cuero.
Frente al mar delirante
vemos
la vida y el amor
al descubierto.

(Federico García Lorca, Visión)




Théodore Chasseriau,
Venus Anadyomene, 1838


Venus imita, esclareciendo brumas
de antiguas linfas, hoy, compás del aire,
sobre un desierto ya de geometría
y de cuerpos jugando a los cadáveres.

Si en prócer concha tú. Vagas pupilas,
ahogadas, pero a plazo, en finos mares
de blancas olas muelles superpuestas
en una plenitud de horizontales,

dicen silencio, entre las vacaciones
alegres y estiradas de los trajes.
Mientras, maúlla un talud de aristas, gozo
de celos y de títeres nupciales.

ya de las ondas en palor, desnuda
el viento los fulgores de su carne,
naciendo, sí, entre espuma de horizonte
el despierto matiz de los paisajes.

Huyen luceros bajos, roedores
de un oscuro secreto de portales
hacia negras cavernas, titilando
el ombligo sereno de las llaves.

Tuyos símbolos, bien de hastío calmados
del sueño en los paréntesis suaves,
bruñirán laxitudes insensibles
en la escultura igual de las ciudades.

¡Oh mañana tu linfa gaseosa,
Venus exhausta de nocturna clámide,
será memoria, ya, presa y pulida
en malvas perspectivas de postales!

Venus imita, esclareciendo brumas,
en una matemática de instantes.

(Leopoldo Panero,  Crónica, cuando amanece) 



William Etty, 1840


Camino del horizonte trémulo
mis alas
perdieron
todas sus plumas,
sus plumas blancas…
Y sobre el edredón cinéreo
duerme mi mejor palabra,
hasta la muerte de mi alma.
El cielo bajo el mar…
En la noche se eleva
el cántico
de sirena,
que hace a los astros naufragar.

Fondo sediento de la dicha celeste…
Estrella,
perla
y coral,
sangre de sol pensativo.
Entre los labios de nácar
(como sexo virgen) de un hermoso molusco,
mi corazón,
siente el color de la espuma,
carne de Afrodita.
Palabra mía…
cuerpo vivo de mi idea…
que mañana,
allá, a la muerte de mi alma,
tu locura crepuscular
se alce
sobre mi tierra carnal,
sol
de mi sombra
corazón.

(Eliodoro Puche, Mundos de cristal)



Ingres,
Venus Anadyomene, 1825/1850



De las ondas,
Terminante perfil entre espumas sin forma,

Imprevista
Surge -lejos su patria- la seducción marina.

¡Salve, tú
Que de la tierra vienes para ser en lo azul

 No deidad
Soñada sino cuerpo de prodigio real!

 Nadadora
Feliz va regalando desnudez a las ondas.

(Jorge Guillén, Preferida a Venus)



 
Jean-León Gerôme 
1824-1904


¿Cuándo llegará el verano?
¿Cuándo veré desde tierra,
amor, tu tienda de baños?

Vestida, en tu bañador
azul, hundirás el agua,
y saldrás desnuda, amor;
que el mar sabe lo que hace
para que te quiera yo.

¡Oh, tu cuerpo, henchido al viento,
desafiando la mar,
desafiando la playa,

la playa, la mar, el cielo!

(Rafael Alberti, Marinero en tierra)



Henri Pierre Picou,
The Birth of Venus, 1874


Qué claridad de playa al mediodía,
qué olor de mar, qué tumbos, cerca, lejos,
si, entre espumas y platas y azulejos,
Venus renace a la mitología.

Concha de porcelana, el baño fía
su parto al largo amor de los espejos,
que, deslumbrados, ciegos de reflejos,
se empañan de un rubor de niebla fría.

He aquí, olorosa, la diosa desnuda.
Nimbo de suavidad su piel exuda
y en el aire se absuelve y se demora.

Venus, esquiva en su rebozo, huye.
Su alma por los espejos se diluye,
y solo -olvido- un grifo llora y llora.

(Gerardo Diego, Cuarto de baño)



Arnold Böcklin,
Venus Anadyomene, 1872


Hoy la mano del mar hizo al rozarte
saltar de ti la hija de la espuma.

(Rafael Alberti, Arión -Versos sueltos del mar, 78)




Alexandre Cabanel, 1875


Tersa, pulida, rosada
¡cómo la acariciarían,
sí, mejilla de doncella!

Entreabierta, curva, cóncava,
su albergue, encaracolada,
mi mirada se hace dentro.
Azul, rosa, malva, verde,
tan sin luz, tan irisada,
tardes, cielos, nubes, soles,
crepúsculos me eterniza.

En el óvalo de esmalte
rectas sutiles, primores
de geometría en gracia,
la solución le dibujan,
sin error, a aquel problema
propuesto
en lo más hondo del mar.

Pero su hermosura, inútil,
nunca servirá. La cogen,
la miran, la tiran ya.
Desnuda, sola, bellísima
la venera, eco de mito,
de carne virgen, de diosa,
su perfección sin amante
en la arena perpetúa.

(Pedro Salinas, La concha)



Zuber Bühler
Birth of Venus, 1877


Por tu pie, la blancura más bailable,
donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable .

Con tu pie vas poniendo lo admirable
del nácar en ridícula estrechura,
y adonde va tu pie va la blancura,
perro sembrado de jazmín calzable.

A tu pie, tan espuma como playa,
arena y mar, me arrimo y desarrimo
y al redil de su planta entrar procuro.

Entro y dejo que el alma se me vaya
por la voz amorosa del racimo:
pisa mi corazón que ya es maduro.

(Miguel Hernández,  Por tu pie, la blancura más bailable)




Robert Fowler, 1879


El mar, cuando te abraza,
sabe bien que es el padre de la espuma.

(Rafael Alberti, Arión  - Versos sueltos del mar, 83)





Eugène Emmanuel Amaury Duval
El nacimiento de Venus, 1862


Rueda helada la luna, cuando Venus
con el cutis de sal, abría en la arena,
blancas pupilas de inocentes conchas.
La noche cobra sus precisas huellas
con chapines de fósforo y espuma.
Mientras yerto gigante sin latido
roza su tibia espalda sin venera.
El cielo exalta cicatriz borrosa.
Al ver su carne convertida en carne
que participa en la estrella dura
y el molusco sin límite del miedo.

(F.G. Lorca, Soledad insegura: homenaje a Góngora)





Gustave Moreau, The Birth of Venus (Venus appearing to the fishermen)
1828-1898


Casi me amabas.
Sonreías, con tu gran pelo rubio
donde la luz resbala hermosamente.
Ante tus manos el resplandor del día se aplacaba continuo,
dando distancia a tu cuerpo perfecto.
La transparencia alegre de la luz no ofendía,
pero doraba dulce tu claridad indemne.
Casi... casi me amabas.
Yo llegaba de allí, de más allá,
de esa oscura conciencia
de tierra, de un verdear sombrío de selvas fatigadas,
donde el viento caducó para las rojas músicas;
donde las flores no se abrían cada mañana celestemente
ni donde el vuelo de las aves
hallaba al amanecer virgen el día.
Un fondo marino te rodeaba.
Una concha de nácar intacta bajo tu pie, te ofrece
a ti como la última gota de una espuma marina.
Casi... casi me amabas.
¿Por qué viraste los ojos,
virgen de las entrañas del mundo
que esta tarde de primavera
pones frialdad de luna sobre la luz del día
y como un disco de castidad sin noche,
huyes rosada por un azul virgíneo?
Tu escorzo dulce de pensativa rosa sin destino
mira hacia el mar. ¿Por qué ensordeces
y ondeante al viento tu cabellera,
intentas mentir los rayos de tu lunar belleza?
¡Si tú me amabas como la luz! No escapes,
mate, insensible, crepuscular, sellada.
Casi, casi me amaste. Sobre las ondas puras
del mar sentí tu cuerpo como estelar espuma,
caliente, vivo, propagador. El beso
no, no, no fue de luz: palabras
nobles sonaron: me prometiste el mundo
recóndito, besé tu aliento, mientras la crespa ola
quebró en mis labios, y como playa tuve
todo el calor de tu hermosura en brazos.
Sí, sí, me amaste sobre los brillos, fija,
final, estática. El mar inmóvil
detuvo entonces su permanente aliento,
y vi en los cielos resplandecer la luna,
feliz, besada, y revelarme el mundo.

(Vicente Aleixandre,  Casi me amabas)



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