Ότι δεν με σκοτώνει με κάνει πιο δυνατό


miércoles, 16 de octubre de 2013

Vivir con Horacio



Los que de vez en cuando os subís a esta nave de Mercurio ya sabéis de mi particular inclinación por Horacio. Por eso ahora voy a transcribir el estupendo artículo Vivir con Horacio publicado hoy por Luis Antonio de Villena, escritor al que leo con frecuencia y con el que coincido en su afirmación de que Quinto Horacio Flaco fue el clasicismo por definición. 


Decadencias

Vivir con Horacio 

Hoy, con las humanidades tan decaídas (sobre todo en nuestra España) y cuando tan poca gente se interesa por el griego o el latín, el hecho de saber cómo acercarse a los grandes clásicos, los que por antonomasia lo son -Homero, Virgilio, Safo, Catulo u Horacio- es un problema y un mérito su resolución. No creo, desde luego, que exista una única forma, pero una de las posibles es la que nos ofrece el inglés Harry Eyres en el libro que edita Ariel, “Carpe diem. Lecciones de vida con Horacio”. Como debiera ser bien sabido, Quinto Horacio Flaco, natural de Venosa en el sur de Italia, fue el clasicismo por definición con sus exquisitas odas, epístolas o epodos. Lo protegió el gran Mecenas  (era hijo de un esclavo liberto) y pasó  así –más era casi imposible- al círculo y cercanía de Augusto, el primer  gran emperador de Roma. Sin embargo Horacio, que había estudiado en Atenas, y tomado humilde parte en la batalla de Filipos con los republicanos, es decir, contra su futuro señor, prefería la “aurea mediocritas”, una vida cómoda en el campo sin lujos ni privaciones, gozando de la hora y de cuanto sea posible según el “dictum” que acuñó en la oda a Leuconoe: “Carpe diem”. Es decir, aprovecha bien el día de hoy, porque del mañana nada sabemos. Conocemos que Horacio era buen seguidor del sabio Epicuro, que deseaba una vida apacible, el desdén de las vulgares vanaglorias y un uso moderado de los placeres. Alguien se ha referido así a “la aritmética de los placeres” epicúrea, tan mal entendida  por la Iglesia. Naturalmente Horacio (bajito, rechoncho, canoso, pese a la impoluta belleza de sus versos) era un epicúreo de lo cotidiano, y aunque sabemos que admiraba el gran poema de Lucrecio “De rerum natura”, donde pone en verso  las teorías del maestro, incluidas las físicas y astrales, no era ese el sendero horaciano en su finca Sabina, donde preparaba su propio vino.
“Carpe diem” de Harry Eyres podría haber sido un moderno manual de autoayuda para mantener el ánimo ecuánime y disfrutar de la vida, basado en la continua cercanía a la poesía de Horacio. Y estaría bien, pero no es eso. Estamos ante una mezcla de ensayo sobre la belleza y cercanía de Horacio para el hombre de hoy (que va en avión y puede usar libros electrónicos) y de una  cierta autobiografía. Pues Eyres –hijo de un cultivador de vinos- relata cómo conoció a Horacio en sus tempranos estudios en Eton y cómo –aunque estudió literatura inglesa y no clásicas- se fue encontrando con los saberes y la belleza de Horacio por todas partes, pues lo relee frecuentemente. Viaja al sur de Italia, para ver lo que queda de la improbable casa horaciana, pero sobre todo traduce sus versos de un modo nada académico y nota que las ideas de Horacio coinciden con sus intereses: alejarse de la multitud y de los negocios que quitan el sueño, vivir lento  y con lo que basta o  disfrutar del presente real porque el tiempo huye incesante… La fuente Bandusia sigue manando en bellos versos. Horacio es  muy moderno.



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